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2014/12/05

EL AULA DEL NARRADOR - EL NARRADOR Y EL RASTRO DE LAS EMOCIONES




EL NARRADOR Y EL RASTRO DE LAS EMOCIONES




  Por Nestor Belda



Al escribir una historia, el autor no debe perder de vista las emociones. Las palabras, a pesar de ser un material tan cotidiano, están hechas de una sustancia poderosa, capaz de movilizar masas, de hacernos felices o desdichados, y que el escritor, en la fragilidad de su oficio, debe comprender y explorar. John Gardner, en El arte de la ficción, nos dejó una verdad que no admite duda ni disputa: «El asunto primordial de la ficción ha sido, es y será siempre la emoción humana, las creencias y los valores de los seres humanos.» Quizás uno de los mejores consejos que se le pueda ofrecer a un escritor en ciernes es que nunca pierda el rastro emocional de la historia. Esto no es, de ningún modo, recurrir a los tópicos sociales que, se supone, deberían tocar nuestras fibras más 
íntimas. Esos son golpes bajos al que cualquiera podría recurrir para ganarse cuatro palmadas en la espalda. Ni tampoco se trata de provocar compasión con compasión, emoción con emoción (Flannery O’Connor). Por el contrario, seguir el rastro emocional es comprender que así como el ser humano se mueve a impulsos emocionales (miedo, alegría, placer, repugnancia, enfado, tristeza), nuestros personajes también; y que el lector se mantendrá en la lectura mientras sienta esas emociones en sus propias entrañas. Emociones de tinta y papel, es verdad, pero verdaderas. Ese es el arte de la escritura.



2014/11/20

EL AULA DEL NARRADOR - "¿QUIÉN CUENTA LA HISTORIA?"

Hoy comienza en "DLP" la colaboración de mi amigo Néstor Belda, escritor y profesor de narrativa. Este argentino, residente en España desde hace más de doce años, maneja con maestría la síntesis y fluidez de los textos.  


                                                                                                 
¿Quién cuenta la historia?                                  Por Néstor Belda                                                                                                                                                              



He leído muchos relatos cuyos argumentos eran fantásticos pero en el cual el narrador elegido sepultaba la historia. Lo primero que debemos tener claro es que el narrador no somos nosotros, los autores, sino un filtro, un personaje intermediario al cual dotaremos del grado de omnisciencia y de la posición, respecto a la historia, que más nos convenga. Lo segundo es que la clasificación y definición de los tipos narradores es un cuadro estático desarrollado solo para fines didácticos pero que las combinaciones y grados son infinitos. Incluso, dentro de un mismo relato (cuento o novela), pueden coexistir diversos narradores, lo cual permite ofrecer una visión más amplia de la historia, a condición de que seamos lo suficientemente hábiles como para no confundir al lector. Hay que tener en cuenta que una misma situación, un mismo escenario, tendrá tantas perspectivas como personajes. Si no, probad preguntar a la primera pareja casada que veáis.
Al acabar de leer el párrafo anterior, os estaréis planteando que todo está muy bien pero cómo sé cuál es el punto de vista adecuado para el relato que voy a escribir. Las noticias 
no son buenas: no existe una calculadora de narradores adecuados, ni una fórmula matemática que lo resuelva. La buena es que la experiencia (echando a perder se aprende mucho) y el conocimiento de las características de cada narrador, son herramientas muy útiles.
Para analizar cuál es narrador apropiado, conviene empezar preguntándonos quién va a contar la historia. Puede ser el protagonista, un personaje secundario o un narrador externo. ¿Quién de ellos la contará mejor?  ¿Qué gana y qué pierde la historia con cada uno de ellos? ¿Utilizaremos un narrador omnisciente limitado, que solo sepa todo de uno de los personajes? ¿Pondremos el narrador fuera de la historia o lo haremos interactuar con el resto del reparto? Unos de los primeros objetivos del escritor es ganarse la empatía del lector y, en esto, la cercanía es primordial. Está claro que en este aspecto, el narrador en primera persona o la ubicuidad del narrador omnisciente llevan las cartas ganadoras. Sin embargo, como en el póquer, tener buenas cartas no siempre nos hace ganar la partida. Es una cuestión de habilidad y equilibrio.
Lo cierto es que los escritores en ciernes suelen centrar su atención en el tema, la planificación y desarrollo de los personajes y las coordenadas espacio-temporales (dónde y cuándo suceden los hechos), y prestan muy poca al narrador. Sin embargo, cuando un relato con un buen argumento, con personajes creíbles y bien construidos, falla, lo primero que analizo es el punto de vista del narrador.
Lo que sigue es una convicción personal: el narrador es el elemento más importante del andamiaje narrativo. Si el narrador falla, irremediablemente, fallará la historia. Esto es algo que he discutido, largamente, con otros escritores, y reconozco que alguna vez me he quedado solo con mi percepción. Sin embargo, para mi alegría (y mi autoestima), hace poco tiempo di con un vídeo de una charla de Mario Vargas Llosa, a quien admiro, acerca de la técnica literaria, en el entorno de Lecciones y maestros, II Cita Internacional de Literatura en Español, celebrado en el 2008, en Santillana del Mar. Para el Nobel, la esencia a la hora de escribir un relato son, primero, el narrador (¿quién cuenta la historia?); segundo, cómo la distribuimos en el tiempo; y tercero, cómo reforzamos la temática para cautivar al lector.
Luego de ver este vídeo, no puedo más que recordar las palabras de mi admirada Isabel Cañelles:
«…si fuera tan sencillo mostrar las tramas sin explicarlas, de un modo sutil, gradual, y a la vez visual y claro, todos seríamos unos maravillosos escritores, y a eso le otorgaríamos el mismo mérito que a saber hacer una tortilla a la francesa».
Os dejo el vídeo. Espero que lo disfrutéis.